Si algún día llegas, pequeña mía, el mundo será distinto.
Las mañanas tendrán un brillo nuevo, las flores parecerán más hermosas y el canto de los pájaros sonará como una melodía escrita para ti.
Si algún día llegas, aprenderé de nuevo a maravillarme.
Miraré contigo las nubes, contaré las estrellas, escucharé la lluvia sobre los tejados y descubriré que la felicidad habita en las cosas más sencillas.
Te hablaré del amor, pero no del amor que describen los libros, sino de aquel que se demuestra en silencio: el que acompaña, el que protege, el que permanece.
Te enseñaré a caminar con dignidad, a levantarte después de cada caída, a conservar la bondad cuando el mundo sea duro y a defender tus sueños cuando nadie más crea en ellos.
Y cuando la tristeza visite tu corazón, te prestaré mi fuerza.
Cuando la duda oscurezca tu camino, te prestaré mi esperanza.
Cuando el miedo toque a tu puerta, te prestaré mi valor.
Porque para eso nacen los padres: para convertirse en refugio.
Y cuando el tiempo pase y mis cabellos se vuelvan blancos, seguiré contemplándote con el mismo asombro con que se contempla un milagro.
Entonces comprenderé que la vida, con todas sus penas y alegrías, me concedió una gracia inmensa: verte existir.
Y al mirar tus ojos, donde vivirán los destellos de tu madre, daré gracias a Dios en silencio por haber convertido un sueño en realidad.
Porque antes de conocerte, ya te esperaba.
Antes de escucharte, ya te amaba.
Y antes de que nacieras, ya eras eterna en mi corazón.
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